San Simeón
Fecha del viaje: Agosto de 2010
Puedes ver el itinerario completo de nuestro viaje a Siria, aquí.
Ese día nos levantamos en nuestro maravilloso hotel de Alepo (Martini Dar Zamaria), un antiguo palacio otomano del siglo XVIII enclavado en el barrio de Al-Jedaida, en el corazón de la zona histórica de Alepo. Nos costó 224 euros con desayuno por tres noches. Después de un buen desayuno en el patio central de este antiguo palacio, salimos a la calle para coger un taxi hacia la estación de autobuses. Desde allí, sale un autobús que nos deja en el pueblo más cercano a la basílica de San Simeón, donde tendremos que buscar otro taxista que nos lleve.
Recomendaciones importantes
- Si vais an verano, como nosotros, una gorra y agua no vendrán mal. Cuando fuimos nosotros, no había vendedores de agua o zumos, era un lugar bastante solitario en mitad del monte.
- Para llegar aquí lo mejor es coger un taxi o, en general, un coche con conductor y negociar un precio, desde Alepo.
Abajo, fotos del patio donde se servían los desayunos en el hotel donde estábamos, un sitio con mucho encanto.
Cuando estamos de camino en ese primer taxi, chapurreando en inglés con el conductor nos pregunta por nuestro plan del día, y al decirle lo que queremos hacer, nos dice que él mismo nos puede llevar hasta la basílica, esperar allí a que acabemos la visita, y traernos de vuelta al hotel. Lo cierto es que sonaba muy bien. Después de un pequeño regateo, enseguida negociamos un precio justo para ambos, y en menos de una hora (35 km desde Alepo) estábamos junto a la basílica. Nuestro conductor se quedó descansando en el coche mientras nosotros fuimos a descubrir este magnífico monumento olvidado por el mundo, ya que no había apenas nadie más.
En las fotos de arriba podéis ver su fachada principal, muy bien conservada. Los muros de toda la iglesia se conservan bastante bien en general, pero de las cubiertas no queda nada, seguramente porque debieron ser de estructura de madera y tejas. Esta basílica fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2011, ya que es uno de los edificios de la antiguedad tardía más espectaculares construidos nunca. De hecho, fue la mayor iglesia del mundo hasta la construcción de Santa Sofía en Constantinopla (hoy Estambul).
¿Y por qué les dio por construir una iglesia tan grandiosa y magnífica aquí, en lo alto de una colina en mitad de la nada? Hay que remontarse a la primera mitad del siglo V, cuando un asceta cristiano radical (muy radical) llamado Simeón decidió vivir una vida de meditación alejado de todo tipo de lujos y de contacto con otros semejantes. Y para eso no se le ocurrió otra idea mejor que vivir en lo alto de una columna. Mandó construir una columna de piedra, y vivió allí durante nada menos que 37 años. Le subían los alimentos con una cuerda y una polea, y no necesitaba nada más. Daba igual que hiciera calor o frio, él estaba allí arriba, en su columna, meditando y rezando. Por eso se le llama Simeón el estilita, ya que columna en griego se dice "stylos".
Como sería de radical, que a los 15 años, siendo pastor, ingresó en un monasterio, y acabó siendo expulsado por su rigor desmedido. Entonces, decidió vivir en una cueva en el monte y dedicar todo su tiempo a la oración y la meditación, pero la continua visita de peregrinos le importunaba, ya que no le dejaban disfrutar de su ansiada soledad. Al parecer, tanta fama había cogido que llegaban peregrinos con intención de frotar en su cuerpo pequeños objetos para bendecirlos y convertirlos en milagrosos, o llevarse pequeños trozos de su manto como reliquias. Así que para librarse de todos esos pesados se hizo construir una columna de 3 metros de altura, luego otra de 7, y por último una de 17 metros, para que nadie pudiese molestarle (ya que con las anteriores, los devotos peregrinos intentaban escalarla para llegar hasta él). Y ahí pasó los últimos 37 años de su vida, hasta que murió con 69 años de edad, una edad bastante respetable para la época (murió en el año 459 d.C.).
Su fama se extendió por todo el imperio romano, se convirtió en una especie de celebridad de su tiempo, un "influencer" adelantado a su tiempo. Emperadores, obispos y multitud de peregrinos acudían a visitarlo y escucharlo. Murió el 5 de Enero del año 459 mientras rezaba de rodillas, estaba con la cabeza inclinada tocando el piso de la columna y ahí se quedó, muerto. El emperador tuvo que enviar al ejército porque las multitudes se peleaban por llevarse su cadáver a su ciudad. Como podéis imaginar, el lugar donde estaba la columna se convirtió en el destino de peregrinación más importante de la época, por encima seguramente de la importancia que después han tenido Roma o Santiago de Compostela, y por eso el emperador bizantino decidió construir una gran iglesia en el lugar, la más grande y colosal de su tiempo.
En las dos fotos de abajo podéis ver el interior (lo que queda) de la basílica, y también lo que queda de la columna donde vivió el santo. A lo largo de los siglos, era costumbre que los peregrinos arrancasen un trozo de piedra de la columna para llevárselo como reliquia, así que ha quedado lo que podéis ver en la foto de la derecha. No mucho, teniendo en cuenta que llegó a medir 17 metros.
La basílica original era enorme, de hecho eran cuatro basílicas en forma de cruz, y en el centro donde se unían esos cuatro brazos, la sala octogonal donde estaba la columna del santo. Abajo podéis ver una reconstrucción de cómo debió ser. Hoy día los muros se conservan aceptablemente bien, lo suficiente como para poder hacerse una idea de lo grandioso que debió ser. Del techo no queda absolutamente nada, ni un resto, lo que da que pensar que posiblemente era de estructura de madera, si el cerramiento hubiese sido de bóveda de piedra, algo habría quedado, al menos los arranques de dichas bóvedas y arcos, y restos de derrumbes de dichas bóvedas. Además los muros tendrían que haber sido más gruesos para aguantar ese peso, y tener contrafuertes. Esta iglesia sigue más bien el diseño de la basílica de San Juan de Letrán, en Roma, que es de una época similar y desde el principio estuvo techada con madera.
La basílica se construyó poco después de la muerte del santo, entre los años 476 y 490 d.C. Durante mucho tiempo, fue el mayor lugar de peregrinación del mundo cristiano, y el lugar, además de la basílica, tenía otras edificaciones que servían como alojamiento, hospital, dependencias para los monjes, etc. A partir del siglo VII, con la invasión musulmana, el lugar pierde interés poco a poco y acaba olvidado y abandonado, sufriendo además algún que otro terremoto. Y aquí está hoy para nosotros. Estuvimos un buen rato paseando entre sus evocadoras ruinas.
Una de las cosas que más nos gusta de viajar, a Patri y a mi, es precisamente el hecho de encontrarnos con este tipo de sitios de vez en cuando. Sitios que tuvieron un papel importante en la historia del ser humano, que jugaron un papel importante en nuestra historia, y hoy permanecen olvidados y ocultos, pero recorriendo sus solitarias, y aún espectaculares ruinas, podemos sentir todavía el eco de lo que fueron y lo que significaron. Adiós, San Simeón, quizá algún día volvamos a vernos. Volvimos con nuestro adormilado conductor, que nos llevó hasta Alepo. Fuimos a comer, que todavía teníamos grandes planes para pasar esa tarde en Alepo.
Por cierto, por lo que he podido encontrar en internet, la basílica solo ha sufrido daños menores durante la horrenda guerra civil que asoló Siria desde 2011. Su eco seguirá llamando a los viajeros intrépidos desde ese monte olvidado cerca de Alepo.
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