Estambul
Fecha del viaje: Octubre de 2013
Puedes ver el itinerario completo de nuestro viaje a Turquía aquí.
Recomendaciones importantes
- Nosotros estuvimos dos días completos en Estambul, lo cual da para visitar los monumentos más importantes, pero es claramente insuficiente para una ciudad con tanto que ofrecer. Tres días, incluso cuatro, es más adecuado. A nosotros nos faltó tiempo para visitar las murallas de Teodosio, una de las murallas romanas más espectaculares que existen en el mundo, así como varias mezquitas importantes, o las fortalezas del Bósforo.
- Probad los bocadillos de pescado a la plancha con lechuga y cebolla que venden en el puesto que hay junto al puente de Gálata, a bordo de un barco. Son espectaculares.
- Para subir a la torre de Gálata, mucho mejor al atardecer, como veréis en las fotos de este artículo.
- En general, veréis que hay bastante turismo en Estambul. Pero uno de sus principales monumentos, la iglesia bizantina más antigua de la ciudad (más aún que Santa Sofía) sigue en pie, escondida entre callejuelas del centro, y por alguna razón ha quedado fuera de los circuitos que siguen la masa de turistas. Se trata de la iglesia de los santos Sergio y Baco (ahora mezquita). Realmente bella, y posiblemente la veáis con muy poca gente, o incluso solos, algo que es realmente difícil en esta ciudad.
Día 1
Ese viaje empezó en Madrid a una hora bastante intempestiva, ya que nuestro vuelo directo a Estambul salió a medianoche. Tardamos 4 horas en llegar, pero como allí es una hora más, eran ya las 5 de la mañana cuando llegamos. Pasamos el control de pasaportes sin problema, recogimos nuestro equipaje, y aún nos tocó estar un rato tirados en el vestíbulo del metro hasta que abrieron, a las 6 de la mañana.
Eran casi las 7 cuando ya estábamos caminando por el centro de la ciudad, yendo a nuestro hotel, que estaba fantásticamente ubicado, en una de las esquinas de la plaza del Hipódromo, la más destacada y representativa de la ciudad (foto abajo a la izquierda, hotel Spectra). Tuvimos mucha suerte con ese hotel, ya que pensábamos que nos iba a tocar dejar las maletas en recepcion y lanzarnos a hacer turismo casi sin haber pegado ojo, pero increiblemente nos dieron nuestra habitación a esas horas, sobre las 7 de la mañana, así que no nos lo pensamos, y nos echamos un sueñecito de tres horas para empezar el día con energía.
Ya con energías renovadas, salimos a la calle dispuestos a recorrer la ciudad. Decidimos desayunar más tarde en alguna de las terrazas que hay en la plaza del Hipódromo. Esta plaza se llama así por que aquí estaba antiguamente el estadio más importante de la ciudad, el Hipódromo, del cual hoy día apenas quedan restos, quizá lo más espectacular que queda es el obelisco egipcio que está en el centro de la plaza, apoyado en un enorme pedestal de mármol de época romana.
En la foto de arriba a la derecha podemos ver el pedestal de mármol sobre el que se erige el obelisco egipcio. Ese pedestal fue mandado hacer por el emperador Teodosio I el grande en el año 390 d.C., nacido en Coca, Segovia. Uno de los tres emperadores romanos nacidos en Hispania, y el último que gobernó sobre todo el imperio antes de que se dividiera definitivamente. Representa al propio emperador presidiendo algún espectáculo en el hipódromo, que entonces ocupaba esta plaza, junto a otros nobles, y debajo el pueblo llano, representado por diferentes cabezas.
El obelisco que está sobre el pedestal es mucho más antiguo, fue realizado en Egipto durante el reinado del faraón Tutmosis III, aproximadamente hacia 1450 a. C. Es decir, que entre el obelisco y el pedestal hay casi 2000 años de diferencia, unos siglos menos del tiempo que ha pasado entre el pedestal y la actualidad. Curioso...
Atravesamos la plaza con intención de empezar el día visitando la basílica de Santa Sofía, sin duda el monumento más representativo de esta ciudad, y el más espectacular (con mucho) también. Llegamos al parque de Sultán Ahmet, el lugar (en mi opinión) más espectacular de todo Estambul, una plaza en la que en el centro tenemos una gran fuente y en ambos extremos, mirándose fijamente como en un duelo de gigantes, Santa Sofía y la mezquita Azul. Abajo a la izquierda podéis ver un plano de esta parte de la ciudad, con un círculo rojo he señalado la localización de nuestro hotel, y a la derecha, la fachada principal de Santa Sofía. Si solo pudiéseis visitar un monumento en la ciudad, sin duda debería ser éste, Santa Sofía.
Y en las fotos de abajo, vista hacia el otro lado de la plaza, donde tras la fuente se situa la famosa mezquita azul, que visitaríamos al día siguiente.
Y después de estas fotos en la plaza, fuimos hacia la entrada de Santa Sofía. No tuvimos que esperar casi nada de cola. Empezamos la visita por la planta inferior, cosa que desde el año 2020 al parecer ya no se puede hacer, porque volvió a ser convertida en mezquita, y ya solo se permite la entrada a esa planta a los fieles musulmanes que acuden a rezar. Este magnífico edificio fue inaugurado en el año 537 por el emperador Justiniano, y fue iglesia cristiana hasta la conquista musulmana de la ciudad, en el año 1453, que pasó a ser mezquita hasta 1935, en que el gobernante turco del momento, Ataturk, decidió que pasase a ser un museo. Y eso duró, como decía, hasta el año 2020, que volvió a ser mezquita.
Arriba a la izquierda, fijáos en la decoración con placas de mármol de diferentes tipos, es original de la época de Justiniano, y se ha conservado perfectamente. Abajo a la izquierda, uno de los mejores mosaicos de Santa Sofía, del siglo XII, situado en una de las galerias superiores. Representa a la Virgen María con el niño Jesús en el centro, flanqueada por el emperador Juan II Comneno y la emperatriz Irene de Hungría.
Subimos a la segunda planta. Esta iglesia fue desde el momento de su construccción, la más grande del mundo, superando en tamaño a otra que había sido levantada también por el imperio bizantino unas décadas antes, la basílica de San Simeón en Siria, y permaneció siendo la iglesia más grande del mundo durante casi 1000 años, hasta que fue superada por la catedral de Sevilla en 1520.
En este mismo viaje, unos días después, visitaríamos otra iglesia monumental mandada construir también por el emperador Justiniano, la basílica de San Juan, levantada en Éfeso. Ambas, bastante peor conservadas que ésta de Santa Sofía.
Como podéis ver en las fotos es una obra portentosa, teniendo en cuenta además el tiempo en el que se hizo, el siglo VI. En esa misma época, por ejemplo en Hispania, los visigodos apenas eran capaces de construir pequeñas iglesias usando materiales saqueados de edificios romanos anteriores. Y en cambio aquí, tienes un enorme espacio interior, cubierto en su centro por la que fue la cúpula más grande del mundo hasta la construcción de la cúpula del duomo de Florencia en 1436, casi 900 años después. Con razón Justiniano, cuando por fin la vio terminada, exclamó "Gloria a Dios, que me ha juzgado digno de esta obra ¡Salomón, te he vencido!".
Arriba a la derecha y abajo, las llamadas "puertas del cielo y el infierno", esculpidas en mármol blanco, cuya función era establecer una especie de frontera simbólica: separaba el espacio relativamente público de las galerías de un ámbito reservado a las autoridades religiosas.
Abajo se pueden ver también tres fotos en el nártex, la entrada a la basílica, donde había un enorme sarcófago de piedra.
Esta basílica, aun siendo una obra de ingeniería increible para su época, no era perfecta, ya que lo que proyectaron sus arquitectos, Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto, no se había hecho nunca antes. La cúpula, debido a su tamaño, resultaba demasiado pesada para los muros que la sostenían, lo cual causaba que debido a ese peso, los muros se deformaran con el tiempo tendiendo a abrirse hacia afuera.
Esto no causó directamente el derrumbe de la cúpula, pero sí que se debilitara mucho la estructura, y acabó colapsando parcialmente con el terremoto del año 558, solo 20 años después de su inauguración. Se encargó la reconstrucción a Isidoro el Joven, sobrino de uno de los arquitectos originales, y levantó una cúpula 6 metros más alta y con un perfil diferente, para intentar minimizar esos empujes laterales debidos al peso de la cúpula. Quedó mucho mejor que estaba, pero no resolvió completamente el problema.
Esta vez al menos duró mucho más tiempo, no fue hasta el año 989, debido a otro terremoto, que se hundió la parte occidental de la cúpula. La reconstrucción fue dirigida por Trdat de Armenia, uno de los grandes arquitectos de la época. En 1346, otro terremoto provocó un nuevo colapso parcial, esta vez en la zona oriental de la cúpula, afectando también al gran arco y a la semicúpula correspondiente. Este fue el último derrumbe y reconstrucción de la cúpula, en gran medida gracias a los arreglos que un siglo y pico más tarde, ya bajo dominio otomano, hizo Sinan, el gran arquitecto del sultán Suleimán el Magnífico.
Su actuación fue fundamental porque comprendió que el problema no era simplemente «arreglar la cúpula», sino estabilizar todo el sistema que la soportaba. Por esa razón, diseñó los gruesos contrafuertes que hoy día se pueden ver en el exterior de la basílica, y que tienen la función de "sujetar" los muros que sostienen la cúpula, para evitar que se deformen más hacia afuera debido al peso de la cúpula.
Una vez vista la basílica, fuimos hasta otro monumento de los más representativos de la ciudad, que estaba justo al lado, la Cisterna de la Basílica, otro edificio también construído por el emperador Justiniano. Su función era almacenar agua para abastecer el Gran Palacio y otros edificios de la zona imperial, era un enorme depósito subterráneo. Su nombre procede de que en ese lugar había anteriormente una gran basílica o edificio público. Esta cisterna se llenaba con el agua que traían los diferentes acueductos que abastecían la ciudad, y desde aquí era derivada a los edificios imperiales, termas, etc.
Después de la conquista otomana de 1453, esta cisterna acabó cayendo en el deshuso y el olvido, hasta que ya nadie se acordó de que existía. En el siglo XVI, el viajero francés Petrus Gyllius visitó Constantinopla y escuchó relatos de habitantes que afirmaban que algunas personas podían sacar agua e incluso pescar desde los sótanos de sus casas. Gyllius investigó aquellos relatos y terminó encontrando la enorme estructura subterránea.
Aquí, como en Santa Sofía, había bastante gente. Estambul es una ciudad que tiene mucho turismo, y en la que es difícil estar solo, especialmente en sus monumentos más famosos. Esta cisterna, como podéis ver en las fotos, es un enorme espacio sostenido por 336 columnas nada menos, que son las que aguantan el peso de las bóvedas de ladrillo. Aquí hubo reutilización de materiales de edificios más antiguos, posiblemente algún templo pagano, y eso se puede ver claramente en las dos enormes cabezas de medusa reutilizadas como base de dos columnas. Sin duda, son los dos elementos más fotografiados de todo el lugar.
Y después de esta visita, hicimos una parada para comer. Al final, nos habíamos saltado el desayuno con la emoción de estar por fin disfrutando de esta mágica ciudad. Acabamos en una terraza en la plaza del Hipódromo, junto a los muros de la mezquita azul, donde comimos fenomenal una parrillada variada de carne y una ensalada. El plan para la tarde era ir a ver la iglesia de Santa Irene, y el palacio Topkapi. Ambos monumentos están juntos, muy cerca de Santa Sofía.
La iglesia de Santa Irene es una pequeña maravilla más antigua aun que Santa Sofía. Ha sobrevivido milagrosamente gracias a que después de la conquista otomana fue usada como arsenal, integrada en el complejo de edificios del nuevo palacio del sultán, lo que se conoce como Topkapi. Para todos los aficionados al arte romano y bizantino, una visita imprescindible. Cuando fuimos nosotros, lamentablemente estaba cerrada, así que tuvimos que conformarnos con verla desde fuera. Tendrá que ser en la siguiente visita a esta increible ciudad, que sin duda la habrá.
Lo siguiente era el complejo de edificios del palacio Topkapi, justo al lado de Santa Irene. De hecho, la zona ajardinada donde se encuentra Santa Irene es en realidad el primer patio del palacio, de acceso libre. Y desde ahí se accede a la zona propiamente palaciega a través de la "puerta de los saludos", abajo a la izquierda. Las otras fotos son en el harén del palacio, zona que era gobernada por la madre del sultán.
Durante casi 400 años, desde 1460, Topkapi fue residencia de los sultanes y centro político del Imperio. En 1856, el sultán Abdülmecid I trasladó la corte al nuevo Palacio de Dolmabahçe, de estilo mucho más europeo. Abajo, más fotos de diferentes estancias del complejo.
Una cosa muy interesante en esta visita, es que en el tercer patio está la cámara de los tesoros del sultán, con muchas piezas realmente valiosas y bellas, entre las que destacan dos: el diamante del cucharero, de 86 kilates y al parecer el tercer diamante más grande del mundo, y la daga Topkapi, que iba a ser un regalo diplomático al sha de Persia en el siglo XVIII, pero fue asesinado en 1747 antes de recibir el regalo. Ya es mala suerte. En su empuñadura tiene tres grandes esmeraldas, además de oro y diamantes. Ambas se pueden contemplar, pero no se pueden hacer fotos, aquí abajo podéis ver un par de imágenes sacadas de internet.
Abajo, fotos en el último de los patios del palacio, el de los jardines privados del sultán y su familia, con una amplia vista del Bósforo y el cuerno de oro. En las fotos de abajo se puede ver la torre de Gálata, que visitaríamos al día siguiente.
Arriba, foto en un árbol en el recinto del palacio que tenía el tronco completamente hueco. Tiene pinta de ser tan viejo como el propio palacio. A la salida de esta visita, decidimos ir hacia el puente de Gálata que cruza el Cuerno de Oro, fuimos caminando por una calle muy pintoresca con casas de estilo otomano a ambos lados, pasando primero por la parte trasera de Santa Sofía. En la zona hay puestos de venta de castañas asadas, que al parecer es típico aquí. Compramos una docena para ir comiéndolas por el camino, aunque nos sorprendió que eran más caras que en Madrid.
Abajo, fotos junto al puente de Gálata. Era un lugar bastante pintoresco, con mucha gente pescando con caña sobre el mismo puente. Abajo a la derecha, desde el puente hay buena vista de la mezquita de Yeni Cami, muy parecida a la mezquita azul e igual de espectacular.
Y junto al puente, hay un barco anclado en el puerto que es una especie de puesto de bocadillos. Hacen unos bocadillos de pescado a la plancha con lechuga y cebolla que están realmente buenos. Ya se estaba poniendo el sol, y nos pareció un momento fantástico para cenar allí uno de esos bocadillos. Tienes que hacer cola, y una vez que te lo dan hay mesas y bancos para sentarte. Sin duda, uno de los imprescindibles que hacer en Estambul.
Desde aquí fuimos hasta nuestro hotel dando un paseo nocturno muy agradable. Al día siguiente nos quedaban muchas cosas que ver en Estambul.
Día 2
Ese día sí que desayunamos tranquilamente en el hotel, y después, a sólo dos minutos de distancia, empezamos nuestro segundo día en Estambul visitando la mezquita azul, situada enfrente de la basílica de Santa Sofía. Esta mezquita fue proyectada por uno de los discípulos del gran arquitecto Sinan, el mismo que corrigió de forma definitiva los problemas estructurales de Santa Sofía, y fue construída entre los años 1609 y 1616.
Cuando los otomanos conquistaron Constantinopla, se debieron quedar maravillados con Santa Sofía. Realmente, es que no existía un edificio con esa grandiosidad, ese espacio interior tan enorme, en todo el planeta, era el culmen de la tecnología humana del momento. Enseguida entendieron que estaban ante una maravilla que sobrepasaba con mucho todo lo que habían visto, y por eso no solo no la destruyeron, como sí hicieron con otros edificios romanos (hipódromo, palacio real, etc) sino que la mejoraron, y la convirtieron en mezquita, añadiéndole los correspondientes minaretes.
Para ellos, Santa Sofía se convirtió en el modelo a seguir, el sumun máximo de belleza y armonía en arquitectura, y por eso las nuevas mezquitas que levantaron con el tiempo, tienen el mismo modelo estructural, pero mejorado. Sinan estudió durante toda su vida el modelo de cargas y empujes de esa estructura de cúpula central con la cascada descendente de semicúpulas que sostenían a la principal, y con todo lo aprendido levantó en 1550 la llamada mezquita de Suleiman, y años después, siguiendo el mismo modelo, se levantó la mezquita azul que íbamos a visitar. La entrada es gratuita, y en realidad no te dejan ver mucho, lo que es el patio, el interior lo ves en una pequeña zona acordonada, el resto es zona de oración.
Y después de las fotos en el patio, pasamos al interior, que es realmente esplendido. Como se puede ver, sigue la misma estructura de cúpula central y semicúpulas que Santa Sofía, pero con un diseño más limpio y ligero, prueba del dominio que habían adquirido sobre como funcionan las cargas en este tipo de estructuras. Aquí en vez de mosaicos para la decoración, usaban azulejos de Iznik, de cerámica pintados a mano. Hay más de 20.000 de ellos.
Una curiosidad sobre los minaretes de esta mezquita. Se construyeron seis minaretes, y cuando se supo, se criticó al sultán por presuntuoso, ya que, en aquel momento, era el mismo número de minaretes que la mezquita de La Meca, la única que tenía seis. El sultán solucionó el problema construyendo un séptimo minarete en la mezquita de La Meca. Arriba a la izquierda, según sales de la mezquita azul, tienes una vista frontal de Santa Sofía. Como se puede ver, había bastante gente.
Al salir, nos compramos unos zumos de naranja en un puesto callejero y nos los tomamos tranquilamente sentados en un banco, en la zona ajardinada entre Santa Sofía y la mezquita azul. Nuestro siguiente destino, donde llegamos después de callejear un poco, es otro de los pocos edificios bizantinos antiguos perfectamente conservados en la ciudad. Se trata de la iglesia de los santos Sergio y Baco, que sobrevivió porque también fue convertida en mezquita con el nombre de mezquita de la pequeña Santa Sofía. Es uno de los edificios bizantinos más interesantes de Estambul y, además, tiene una relación arquitectónica muy estrecha con la gran Santa Sofía.
Fue construida aproximadamente entre 527 y 536, durante el reinado de Justiniano I. La iglesia tiene una planta extraordinariamente interesante: un núcleo central octogonal cubierto por una cúpula, rodeado por espacios laterales y galerías. Santa Sofía, construida pocos años después, utiliza también una concepción centralizada, aunque mucho más compleja. Por eso algunos historiadores han considerado San Sergio y San Baco una especie de experimento arquitectónico previo a la gran Santa Sofía.
Fijáos en las dos fotos de abajo, la calidad de los mármoles que decoran el interior de la iglesia, que son originales de la época de Justiniano. Este sitio nos gustó mucho, no solo por su belleza, sino porque al estar un tanto escondida entre callejuelas, un poco a desmano de los principales monumentos, es un lugar poco visitado, lo cual se agradece en una ciudad como Estambul, que tiene una cantidad de turistas tan grande. Pasa como en todos los sitios, el 90% de los turistas se concentran en el 10% de los monumentos más famosos, dejando pequeñas joyas escondidas como ésta para los viajeros realmente interesados en descubrir y explorar una ciudad.
De vuelta hacia la plaza del Hipódromo, entramos en una pequeña tienda de lámparas, ya que nos hacía falta un lámpara de pie para una mesa esquinera del salón, y acabamos comprando una muy bonita de trenzado de cobre, después del consiguiente regateo. Pasamos por el hotel a dejarla en la habitación, y luego nos metimos a comer en uno de los muchos kebap que hay por la zona. Después, fuimos a curiosear al Gran Bazar, un mercado enorme muy similar al que ya conociamos de Alepo o El Cairo (foto de abajo a la izquierda) donde nos compramos unos bombones de chocolate y pistacho como postre. Y de aquí, al puerto que hay en la zona del puente de Gálata, era la hora perfecta para un crucero por el Bósforo. Abajo a la derecha, torre de Gálata ya desde el barco.
Arriba a la izquierda, la mezquita de Ortaköy, construida entre 1854 y 1856, y una de las imágenes icónicas de Estambul, sacada desde tierra con el puente sobre el Bósforo detrás. Nosotros la vimos desde el barco, camino del estrechamiento del Bósforo que lleva al Mar Negro. Abajo, un poco más adelante, fotos del palacio de Dolmabahçe, residencia del sultán otomano desde 1853 (cuando se construyó) hasta 1922. Tiene un estilo barroco muy europeo, totalmente distinto del palacio Topkapi que visitamos el día anterior. Es visitable, y al parecer tiene unos lujos completamente exagerados, como una lámpara de araña de cuatro toneladas y media, con 750 luces.
Y un poco más adelante llegamos a la ciclópea fortaleza de Rumeli Hisan (también llamada fortaleza de Rumelia), construida por el sultán Mehmed II en 1452 para preparar el planeado asedio otomano de la entonces ciudad bizantina de Constantinopla (que caería un año después), con el objetivo de cortar el potencial socorro marítimo, militar y logístico que pudiera acudir a través del Bósforo, desde el mar Negro. Este es el punto donde el estrecho del Bósforo es más estrecho, con unos 600 metros de distancia entre las dos orillas. Hoy día es visitable.
Prácticamente al lado de la fortaleza, el puente Fatih Sultan Mehmet, del año 1988 y que lleva el nombre del sultán que construyó la fortaleza y conquistó Constantinopla. Tiene una longitud de 1510 metros y una altura sobre el agua de 64 metros. Si el sultán levantara la cabeza y viera esa megaestructura junto a su fortaleza... le costaría creer lo que ven sus ojos.
Abajo a la izquierda, justo enfrente de la fortaleza de Rumeli Hisan, en la orilla asiática, se encuentra otra fortaleza otomana más antigua aún, la de Anadolu Hisarı, del año 1394 y construida por el sultán Bayezid I con el propósito de aislar y conquistar Constantinopla, pero fracasó. Tuvo que ser su bisnieto Mehmed II quien finalmente lo consiguiera.
Arriba a la derecha, el palacio de Çırağan, en la orilla europea del Bósforo. Es muy fácil confundirlo con Dolmabahçe, porque ambos pertenecen a la misma etapa de occidentalización del Imperio otomano y fueron obra de la familia de arquitectos Balyan. De hecho, fue construido por el hijo del arquitecto que diseñó el palacio de Dolmabahçe unos años antes. Durante el siglo XX sufrió un incendio devastador y quedó durante décadas en estado de ruina. Finalmente fue restaurado y convertido en un hotel de lujo, el Çırağan Palace Kempinski Istanbul.
Arriba, torre de la doncella, otro de los símbolos más reconocibles de Estambul. Está en un pequeño islote en la orilla asiática del Bósforo. En época bizantina, hacia 1110, el emperador Alejo I Comneno construyó una torre fortificada. Se tendía incluso una cadena hasta otra torre situada en la orilla europea, para controlar el paso por el Bósforo. El aspecto que vemos actualmente procede fundamentalmente de la reconstrucción realizada bajo Mahmud II en 1832-33. Abajo, ya llegando al puerto, se acabó el paseo justo cuando se aproximaba la puesta de Sol.
Una vez en tierra, cruzamos el puente de Gálata y fuimos rápidamente hasta la base de la torre, para subir y ver la puesta de sol desde arriba. Por suerte no había demasiada gente. Abajo podéis ver una muestra de lo que se ve desde allí arriba, incluido todo el skyline de la ciudad con las principales mezquitas y el palacio de Topkapi en el extremo izquierdo. Hasta tuvimos la suerte de ver un hidroavión aterrizar en el Cuerno de Oro, que se puede ver en una de las fotos de abajo.
Sin duda, el mejor momento para subir a esta torre es al atardecer. Esta torre es un edificio muy curioso, ya que no es bizantina ni otomana, sino genovesa. La torre actual fue construida en 1348, cuando Gálata era una colonia comercial de la República de Génova establecida al otro lado del Cuerno de Oro respecto de Constantinopla. Los genoveses habían conseguido importantes privilegios comerciales de los emperadores bizantinos y fueron fortificando progresivamente su barrio.
Estuvimos allí hasta que el sol se escondió del todo, y entonces fuimos caminando hasta el puente de Gálata, y volvimos a cenar los deliciosos bocadillos de pescado que vendían en el barco que estaba allí atracado. Después, dimos un agradable paseo hasta el hotel, disfrutando de la iluminación nocturna de Santa Sofía y la mezquita azul. Al día siguiente teníamos un vuelo muy temprano a Esmirna, ya que íbamos a hacer una ruta de varios días por la zona del Egeo. Podéis leer aquí nuestras aventuras en la antigua ciudad griega de Éfeso, que fue nuestra primera visita el siguiente día.
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