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Godafoss, Akureyri, Forest Lagoon y Glaumbaer


Fecha del viaje: Julio de 2022

Puedes ver aquí el itinerario completo de este viaje por Islandia.

Podéis leer aquí el artículo de nuestro séptimo día en Islandia, donde hicimos una excursión de avistamiento de ballenas desde Husavik, y por la tarde visitamos las cascadas Dettifoss y Selfoss, y la zona volcánica de Krafla.


Recomendaciones importantes

  • Los baños termales de Forest Lagoon no son muy conocidos por el turismo extranjero, como la atestada Blue Lagoon, y son un sitio espectacular, y mucho más baratos además. Si te gustan los baños termales, parada obligatoria después de un paseo por Akureyri.
  • La granja de Glaumbaer también la incluiría como un imprescindible. Cascadas hay muchas y variadas en Islandia, pero una granja del siglo XVIII tan bien conservada, creo que no hay más que ésta. Eso sí, para visitarla por dentro, llegad antes de las 18:00.

Día 8

Tocaba despedirse de la fantástica cabaña en la que habíamos estado las dos últimas noches, posiblemente la mejor de todo el viaje. Desde luego, sí que fue la más grande, y una de las más caras también, ya que nos costó 445 euros por dos noches. Desayunamos tranquilamente, y antes de irnos, estuvimos un rato jugando al fútbol en el jardín de la casa. Como siempre digo, nosotros somos mucho de madrugar para aprovechar al máximo el día, pero lo bueno de Islandia es que aquí eso no es necesario, ya que los días son enormemente largos en verano, puedes estar haciendo turismo hasta la medianoche si quieres.

En estas fotos de abajo, Inés escribiendo la carta a Papá Noel ¿En Verano? Pues si, porque ese día íbamos a pasar por Akureyri, la segunda ciudad más grande de Islandia después de la capital, y a las afueras, está la casa de Papá Noel (residencia de verano, más bien). Inés tenía mucha ilusión.

Y una vez en el coche, listos para emprender la ruta del día, la primera parada fue muy cerca, a apenas 15 minutos de distancia, en la cascada de Godafoss, una del puñado de cascadas emblemáticas de Islandia que no te puedes perder. Dejamos el coche en el parking gratuito, y fuimos a dar el paseo por los distintos miradores, algunos más elevados, otros al pie del agua. Como todo en Islandia, la visita es muy sencilla, no tiene pérdida ninguna.

Esta cascada no destaca por su altura (unos 12 metros), pero sí que es bastante caudalosa y muy ancha (unos 30 metros), con una bonita forma en arco. Resulta bastante fotogénica. Además, tiene una curiosa historia asociada a su nombre. Godafoss significa "cascada de los dioses", y se llama así por que en el año 1000 Islandia adoptó el cristianismo como religión oficial, y entonces arrojaron aquí al agua sus estatuas de los dioses paganos.

Una vez vista esta cascada desde todos los ángulos posibles (y hay unos cuantos), nos pusimos en ruta hacia nuestro siguiente destino, la ciudad de Akureyri, la segunda ciudad más grande de Islandia, pero que tiene solo en torno a unos 30.000 habitantes, lo que en España sería un pueblo grande. Está a sólo media hora de distancia, en el fondo de un larguísimo fiordo de la costa norte. Para llegar hay dos caminos, un túnel de peaje, o una carretera un poco más larga que va por la costa del fiordo. Nosotros fuimos por la ruta larga (serían unos 10 minutos más), y no nos arrepentimos, la vista del fiordo con la ciudad en la otra orilla era muy bonita, como se puede ver en la foto de abajo.

Una vez en la ciudad, no hay problema para llegar al centro ni para dejar el coche. Justo al lado del centro hay un aparcamiento de pago al aire libre. Desde ahí dimos un paseo por las calles centrales, que realmente no tiene mucho. Había una zona infantil con un gran tobogán donde Inés estuvo jugando un rato.

Arriba a la derecha, en la entrada de una tienda había un muñeco gigante de un troll. A Inés le daba miedo acercarse para hacerse una foto, fue realmente difícil convencerla para que se acercase un poco y le diese la mano. Comimos en un restaurante allí mismo, en el centro (63 euros los tres). Hay opciones más baratas para comer, por ejempo, en la foto de arriba a la derecha, detrás de Inés se puede ver un kiosko de perritos calientes y similares. Después, ya con el coche, pusimos rumbo a la casa de Papá Noel, que está a las afueras de Akureyri. Inés iba tan ilusionada con su carta recién escrita. Al llegar, en cuanto vio el buzón fue corriendo para echarla.

Esa casa de Papá Noel, en realidad es una tienda de artículos navideños bastante currada y grande. Pasamos un rato divertido recorriéndola, y acabamos comprando un adorno navideño para el árbol. Es similar a la famosa tienda de la Navidad que hay en Rothenburg ob der tauber.

Y después de esta visita tan navideña, teníamos otra sorpresa que iba a gustarle a Inés aún más que la casa de Papa Noel. Se trata de otros baños termales, llamados Forest Lagoon, situados a sólo 5 minutos del centro de Akureyri, nada más pasar el puente que cruza el fiordo. De hecho, desde la piscina de los baños hay una estupenda vista del fiordo.

Esto de los baños termales es sin duda lo que más le ha gustado a Inés de Islandia. El agua está a 38 grados, y es una auténtica delicia. Además el entorno de los baños, muy bien integrados en el bosque circundante y junto al fiordo, es magnífico. Por supuesto, como en los otros baños en los que habíamos estado en este viaje, puedes tomarte una cerveza bien fria mientras disfrutas de este paraiso. Eso sí, no es barato, pagamos 88 euros por los tres.

El agua geotérmica procede de Vaðlaheiði, la montaña que está detrás del complejo. Fue descubierta durante las obras de un túnel y posteriormente se decidió aprovecharla para los baños. Incluso tienen una sauna con vistas panorámicas, todos los detalles están muy cuidados. Al final, estuvimos casi dos horas aquí disfrutando de ese relax, y aún nos quedaba una buena kilometrada hasta donde íbamos a dormir esa noche.

Volvimos al coche totalmente relajados, después de esa experiencia termal. Teníamos por delante 320 km, cerca de 4 horas, hasta nuestro alojamiento en Stóra Vatnshorn, una granja en mitad de la nada. En ese camino hicimos una parada más en un sitio muy interesante, el mejor ejemplo en Islandia de una antigua aldea (granja más bien) de los siglos XVIII y XIX perfectamente conservada. Se llama Glaumbaer, y estaba a una hora y cuarto de carretera desde los baños termales. Lo malo es que a la hora que llegamos ya estaba cerrado para poder ver las casas por dentro (cierra a las 18:00, y ya pasábamos esa hora ampliamente), pero sí que se podía pasear por el recinto. De hecho, realmente no se si se podía, por que no había absolutamente nadie y tampoco había una valla que cerrase el paso.

Como se puede ver en las fotos, conserva una gran casa tradicional construida con turba, prácticamente como era en el siglo XIX. A primera vista parece una pequeña aldea de casas cubiertas de hierba. Hay que entender que en Islandia había muy poca madera disponible, y la piedra tampoco sobraba. En cambio, la turba sí que abundaba, y con ella hacían los ladrillos con los que levantaban estas casas. No es exactamente como los ladrillos de adobe que se han usado tanto en España, que es barro mezclado con paja y cocido al fuego. Estos ladrillos se cortaban con su forma directamente del suelo, usando una pala, y están formados por una tierra muy compactada recorrida por una densa red de raices que le dan cohesión, como si fuese algo similar a un tepe de césped.

Con esos ladrillos, y usando una estructura de madera para dar solidez, levantaban las casas que podéis ver en las fotos. Al principio, lo que se veía es una casa hecha con ladrillos de un barro denso y oscuro, con el tiempo esa superficie se iba llenando de hierba que crecía sobre ellos de forma natural. Una particularidad de este material es que es uno de los mejores aislantes que existen, lo cual es ideal para un clima tan frio como el islandés.

Se sabe que Glaumbaer es un asentamiento estable desde época vikinga, por restos excavados. Las casas que se conservan actualmente no son tan antiguas, van desde el siglo XVIII hasta el XIX. La familia que vivía allí abandonó definitivamente la granja en 1947. Ese mismo año fue declarada edificio protegido y comenzó su transformación en museo.

Pasamos un rato muy agradable disfrutando del paseo entre esas antiguas casas de barro, imaginando cómo debía ser vivir allí hace cien años, y sobre todo disfrutando de la paz de esos paisajes y el silencio de Islandia, sintiendo cómo poco a poco, muy lentamente, el Sol iba bajando, tiñendo todo a nuestro alrededor con una luz cálida.

Arriba a la derecha, foto sacada por Patri mientras nos dirigiamos a la granja en la que íbamos a dormir esa noche. Parece que se va a hacer de noche en poco tiempo, pero no es así. En verano, en Islandia los atardeceres son larguísimos, y el sol parece como si empezase a ir más lento cuando ya está bajo en el horizonte, manteniendo su luz hasta más allá de la medianoche.

Al llegar a la granja, el dueño nos llevó a nuestra casa, en una de las edificaciones de la granja, y pudimos instalarnos tranquilamente y prepararnos algo de cena. Podéis leer aquí el relato del siguiente día, con nuestras aventuras por la península de Snaefellsnes.


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